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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Opinión

Demoler ciudades y aprovechar la tierra

POR PABLO GÜIRALDES* -ESPECIAL PARA ARQ- -

Algunas ciudades estadounidenses como Detroit optan por reducir el parque edificado abandonado para bajar costos. Y en los predios vacantes crece un movimiento de agricultura urbana con gran potencial.
DEMOLER PARA CRECER. En EE.UU hay 4.5 millones de viviendas vacantes.
En el momento de máxima expansión urbana de la historia mundial, algunas de las grandes ciudades de Estados Unidos se están achicando. Baltimore, Cleveland, Filadelfia, St. Louis, y Detroit, y muchas otras, son ciudades cuyos barrios céntricos hoy se están encogiendo, en población y en superficie edificada. Estas metrópolis tuvieron –y algunas aún tienen– pujantes actividades portuarias, industriales, centros de transferencia de carga. Sus centros y los barrios cercanos prosperaron desde la revolución industrial y ferroviaria norteamericana hasta los años 60, pero hoy están en retirada.

En ellas, la población de los barrios cercanos al centro se ha achicado, en algunos casos hasta casi la mitad de su máximo registro. Estas ciudades hoy muestran manzana tras manzana de las típicas “row houses”, con sus ventanas tapiadas, edificios públicos y colegios en desuso, con unos pocos transeúntes que aún se mueven entre lo que queda de sus hábitats urbanos. En todo Estados Unidos hay 4,5 millones de viviendas vacantes, la mayoría en estos barrios.

La solución que se ha venido ensayando con bastante éxito en estas ciudades es terminar de desalojar y expropiar las pocas casas y edificios aún ocupados, buscar un nuevo lugar para sus habitantes, y demoler. Como señala el geógrafo Joel Kotkin en un documento reciente sobre los corredores de crecimiento en el país del Norte, el desarrollo económico y el aumento de población hoy se desplazaron a otras regiones.

Las actividades económicas que hoy mueven al país, como bioingeniería, energías renovables, petróleo, computación o farmacéutica, no siempre encuentran ventajas competitivas para radicarse en estas ciudades. Las otras dos usinas de ocupación de la economía estadounidense, educación universitaria y servicios médicos, tampoco crecen en ellas.

Los barrios cercanos al centro presentan un envejecimiento de su infraestructura y de su parque edificado. En muchas de ellas, la causa más importante de su decadencia es su aislamiento físico. Una vez que las redes de tranvías o trenes que los conectaban con el resto de la ciudad se abandonaron, quedaron rodeados de –y separados por– autopistas que van directamente al centro desde los barrios periféricos.

La gente se va a otras ciudades, o quizás no tan lejos, a los suburbios de las mismas ciudades cuyos centros y antiguos barrios residenciales colapsan. A poco de andar hacia las afueras, se encuentran barrios residenciales prósperos y activos. Con el vaciamiento de población, según escribe Timothy Williams en el diario The New York Times, la base de contribución fiscal disminuye y el crimen y el desempleo aumentan. Según el mismo autor, mantener una casa abandonada en Cleveland le cuesta a la ciudad 27 mil dólares por año, y sólo 10 mil demolerla. La ciudad invirtió 50 millones de dólares en los últimos 6 años con este propósito, y el resto de las ciudades de la lista ha encarado iniciativas semejantes, identificando los barrios que vale la pena salvar, y desalojando y demoliendo los que no tienen por ahora esperanza de recuperarse.

Al reducir el parque edificado bajan los costos para la ciudad y así los esfuerzos y las inversiones pueden empezar a concentrarse en lo que queda en pie, con la esperanza de que se revierta la tendencia. ¿Y qué se hace con la tierra donde hasta ayer hubo casas, escuelas, fábricas, hospitales?

Algunas ciudades han dejado que los barrios demolidos vuelvan a su estado natural, creando parques y reservas de flora y fauna. En otros casos, donde las condiciones eran propicias, se rediseñaron barrios de vivienda pública con un trazado de calles semejante al original, creando barrios de usos mixtos, con distintos productos inmobiliarios, integrando la población original de los conjuntos con nuevos habitantes que compran o alquilan su casa a precio de mercado.

Algunas ciudades y barrios, por su parte, han decidido poner la tierra a producir. El movimiento de las huertas urbanas comenzó hace unos años como una actividad de vecinos inquietos y ONGs solidarias que buscaban modos de empleo sustentables. La agricultura urbana tiene la virtud de crear lazos entre poblaciones que tenían poco en común, como los jóvenes universitarios, padres de familia, antiguos vecinos e inmigrantes, que pueden aportar cada uno lo que sabe y lo que puede a una actividad que se basa en compartir recursos. Es un movimiento que se ha iniciado de arriba hacia abajo, y esto ha permitido recrear una cohesión social que había desaparecido.

Está protagonizado por los “locavores”, quienes promueven el consumo de productos vegetales producidos en la zona para sostener la economía y bajar los costos e impacto del transporte de productos frescos. Impulsan la vida de una comunidad que cultiva y consume todo localmente, aprovechando la edificación y la infraestructura existentes, es sustentable casi en un cien por cien.

La cadena de valor de estas huertas urbanas, orgánicas (algunas integradas con cadenas de restaurants y mercados) se consolidó tanto que hoy en Estados Unidos es una industria de 8 mil millones de dólares anuales, superando a la producción de arroz y algodón combinados. Consultores especializados –que comenzaron como activistas locales– asesoran a cooperativas y a bancos regionales para entender cómo funciona esta nueva rama de la economía, promoverla y ayudarla a crecer.

El estado de Michigan (donde se encuentra Detroit) se ubica cuarto en el país, detrás de California, Nueva York e Illinois en cantidad de mercados de frutas y verduras locales manejados por los granjeros directamente. Esto demuestra el potencial de la industria como motor de economías locales y regionales. La tierra vacante espera un nuevo destino, y mientras tanto produce riqueza y ayuda a refundar la sociedad. Verde es la esperanza.

*Arquitecto especialísta en urbanismo.

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