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domingo, 20 de marzo de 2011


HABRÁ UN ANTES Y UN DESPUÉS DE FUKUSHIMA

El 11-S de la energía nuclear




El 11-S de la energía nuclear

Personal sanitario mide la radiación de una habitante de Hitachi, cerca de Fukushima (EFE)
Tras el 11-S, la política internacional no volvió a ser la misma.  Tras la caída de Lehman, la política económica mundial se transformó notablemente. Y tras Fukushima, ¿cambiará la política energética global? ¿Estamos ante un 11-S energético? Porque eso se desprende de las palabra de Angela Merkel, quien declaraba que los sucesos de Japón marcarán un punto de inflexión ineludible, justo antes de anunciar un “abandono medido” de la energía nuclear. Por su parte, Austria solicitaba tests de estrés, mientras que Estados Unidos y España anunciaban que revisarían sus centrales y China afirmaba estar replanteándose su programa nuclear.
Para Valeriano Ruiz, catedrático de Termodinámica de la Universidad de Sevilla y coautor de Energía nuclear (Libros de la Catarata/CSIC), no hay duda de que “estamos ante un acontecimiento tremendamente importante que hará que muchos gobiernos cambien su política energética de forma radical”. En gran medida, “porque las consecuencias de Fukushima van a ser más graves para el mundo que las de Chernóbil”.
“Lo que estamos viendo es que los japoneses no saben cómo controlar lo que está ocurriendo en la central y estamos hablando de seis reactores, y no de uno como ocurrió en Chernóbil”, afirma. Para Ruiz, el resultado ineludible de este accidente será “una nube radioactiva muy potente que se va a difundir por casi todo el mundo y que llegará sin duda a China y Estados Unidos”. Por lo tanto, es inevitable que una situación como esta genere reacciones sociales importantes que harán que los gobiernos cambien de dirección en sus políticas.
Coincide Rodrigo Morell, experto en gestión energética y director general deCreara, en que habrá cambios, “ya que la energía nuclear perderá popularidad y se incrementarán los costes de construcción y operación de centrales nucleares por las medidas de seguridad extra”. Sin embargo, cree que “el alza de los combustibles fósiles, cada vez más consolidada, actuará  como contrapunto a la hora de tomar medidas que afecten al cierre de plantas nucleares”.
En un sentido similar se pronuncia José Ramón Espínola, director del departamento de Economía de la facultad de Empresariales de ICADE,  toda vez que la política energética de nuestro tiempo exige ahorro y una menor dependencia de los hidrocarburos. “En ese contexto, parece prudente que, además de las renovables, la energía nuclear incremente su presencia, siempre que se cumplan las medidas de seguridad apropiadas”. Para Espínola, aun cuando lo ocurrido en Japón hará que nos replanteemos aspectos relacionados con la seguridad, es de prever que “una energía nuclear  reforzada tenga su lugar al lado de las renovables para componer una oferta energética no tan dependiente de hidrocarburos. En ese sentido,este accidente no va a romper una dinámica de desarrollo nuclear que incluirá más centrales”.
Los efectos dependerán de las consecuencias
Para Jorge Riechmann,  profesor de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid,  “los efectos reales sobre las políticas y el impacto sobre la opinión pública que tenga finalmente el desastre de Fukushima dependerán de la magnitud del mismo, algo que todavía desconocemos”. Sin embargo, aunque hasta dentro de un tiempo no podamos conocer con exactitud los efectos de los  sucesos de Japón, sí puede asegurarse ya que nada volverá a ser igual en los próximos años respecto de la energía nuclear, ya sea porque las tesis de los partidarios de acabar con ella vayan imponiéndose, ya porque, como afirma Carlos Encabo, presidente Instituto Superior del Medio Ambiente y director del Máster Gestión Ambiental de la Universidad Nebrija,  “se acelere en los países desarrollados el proceso de cambio del mix energético iniciado en los últimos años con la incorporación de las llamadas energías renovables y de otras energías con nuevos combustibles”.
Pero sean cuales sean las medidas que se tomen, y vayan en el sentido de reforzar la seguridad de las centrales o en el de prescindir de ellas, habría que plantearse cuáles deben ser sus dimensiones territoriales. Si Alemania cerrase sus centrales, como parece apuntar Merkel, ¿estaríamos ante una decisión eficaz cuando Francia va a seguir contando con numerosos reactores o cuando Polonia afirma que seguirá adelante con sus planes nucleares? Igualmente, si se opta por reforzar la seguridad de las centrales de un Estado, ¿podemos confiar en que serán eficaces si un país limítrofe no lleva a cabo acciones similares?
Acciones a nivel global
Para José Luis Canga, experto en riesgos ambientales y profesor del Máster Gestión Ambiental de la Universidad Nebrija, no es posible adoptar medidas sin tomar en cuenta la dimensión global de las mismas. “Declarar un país, o una región, libre de energía nuclear tiene un cierto parecido a la actitud de la avestruz que mete la cabeza en el suelo para no ver el peligro. No sirve para nada si cerca existen otras centrales nucleares”. Y en el caso español, hemos ser consciente de que limitamos al norte “con un país que posee un número importante de centrales nucleares, cuya electricidad compramos  todos los años. Y si en una de ellas se produjera un accidente serio, sería imposible no vernos afectados por sus consecuencias, cuestión que quedaría al albur de los vientos y las aguas, que podrían llevar la contaminación a grandes distancias. No olvidemos que en el accidente de Chernóbil, situado mucho más lejos que Francia, las consecuencias se notaron, al menos, en el nordeste de España”.
Para Morell, “tendría mucho sentido planificar el futuro energético de forma coordinada a nivel de la Unión Europea, ya que eliminar las centrales de tu territorio para recibir a la vez aportes de energía de centrales nucleares localizadas al otro lado de la frontera no es la solución”.
Según Encabo, “la estrategia de la energía nuclear debiera tener un carácter global al igual que la del clima, aun cuando sus cambios se producirán de forma regional en cualquier caso, de acuerdo al grado de dependencia que tenga cada país de las energías más contestadas, como la nuclear y el petróleo, y de las posibilidades que tenga cada Estado de acceder por recursos y tecnología a nuevas fuentes de energía”.
A la hora de plantearse los términos del cambio parece, pues, que siguen confrontándose las dos posturas habituales. De una parte, están quienes defienden que la energía nuclear es más barata que cualquier otra y que para no perder competitividad y para contar con un abastecimiento suficiente, no es posible prescindir de ella. Por lo tanto, cualquier cambio tendría que ir en el sentido de implementar la seguridad de las nucleares e instar a los países de la misma región a llevar a cabo acciones similares.
Para quienes creen que la energía nuclear es una mala idea, el problema es otro. Como explica Riechmann, “si tomamos en cuenta los tres grandes accidentes nucleares de las últimas décadas que nos han puesto al borde del abismo, vemos que se han producido en grandes potencias mundiales, Estados Unidos, la entonces llamada URSS  y Japón, que son también los países con más reactores. Por pura estadística el siguiente accidente tocaría en Francia. ¿Qué hacemos, nos sentamos a esperar que ocurra o decidimos cerrar las centrales nucleares?”
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