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viernes, 17 de enero de 2014

Del fracaso también se aprende


Las personas suelen esconder sus errores. Expertos aconsejan cómo conseguir convivir con ellos y convertirlos en, incluso, mejores maestros que los triunfos. 
Pamela Elgueda I El Mercurio/GDA
Fracaso. Una palabra que está cargada de pena, frustración, dolor, culpa y enojo, que ansiamos nunca tener que pronunciar, que muchas veces disfrazamos de error ajeno o incluso de casi éxito. Porque en una sociedad competitiva, en la que el error no se acepta con facilidad, es difícil pensar que no cumplir una meta sea algo bueno y de lo que se puede obtener un aprendizaje tan o más valioso que el que se logra de un triunfo.
"Se nos ha enseñado que el aprendizaje es a partir del éxito. Que obtener lo que quiero hace que la conducta que me llevó a esa meta se tienda a repetir en el tiempo. Pero eso es verdad solo en cierto nivel de aprendizaje, como el desarrollo de habilidades que se potencian en la medida que las uso", dice Marco Antonio Campos, psicólogo experto en coaching.
Sin embargo, agrega, cuando se conoce solo un camino para cumplir las metas, "se deja de aprender otros para afrontar los problemas. Porque quienes han experimentado el fracaso, tienen una mejor adaptación a las condiciones adversas y son capaces de entender que una caída depende de muchos factores".
Patricio Celis, psicólogo y director de la Escuela de Psicología de la Universidad Andrés Bello, en Chile, complementa lo anterior desde un análisis psicoanalítico: "El error es una dimensión constitutiva de la subjetividad humana, que por algún mecanismo propio de nuestro psiquismo anulamos y recubrimos". Y aunque se trate de echarle tierra, lo cierto es que siempre está ahí. "Esa falla no es una anomalía, es parte de la constitución humana. Y el problema no está en equivocarse, sino en si somos o no capaces de aprender de la experiencia, siendo ésta catalogada como equívoco o no", agrega el psicoanalista.

Tomar distancia.

El error acompaña siempre. De ahí que el cerebro "esté preparado para reorganizarse y lograr niveles de comprensión y autorregulación emocional frente a las situaciones difíciles", dice el psicólogo Campos.
Sin embargo, y aunque es una tendencia natural del ser humano, hay situaciones que la persona no es capaz de ver por sí misma y necesitará ayuda. Porque para, efectivamente, salir de la frustración que provoca el sentimiento de fracaso, es necesario tomar distancia del error y poder mirarlo con otros ojos.
Paola, profesional de 42 años y madre de dos niños y una niña, recuerda que los resultados de los test vocacionales que le hizo la orientadora en el colegio daban como resultado que debía seguir el camino de las artes. "Pero yo lo encontré raro, porque a mí me gustaban las ciencias sociales. Comenté eso en mi casa, y mi papá, que siempre quiso tener un abogado en la familia, me dijo que estudiara Derecho. Yo dije `bueno` y me matriculé", cuenta.
Su primer año de universidad fue un desastre académico, porque sentía pánico escénico en los exámenes orales. "Mi padres me llevaron a un psicólogo que me ayudó a superar ese miedo y que al finalizar la terapia me dijo que si decidía cambiarme de carrera, que pensara en psicología, porque me veía aptitudes para esa profesión". El segundo año fue académicamente un poco mejor, pero Paola no estaba contenta con su elección vocacional. Sin embargo, solo al llegar al tercer año se atrevió a enfrentar el hecho de que no se imaginaba ejerciendo de abogada.
"Dejé de ir a clases y hablé con mi mamá, quien me dijo que me iba a ayudar, pero que debía responder en la nueva carrera. Decidí que quería estudiar Psicología, di la prueba de nuevo, hice el cambio y recién ahí le conté a mi papá". Siente que su "irreprochable conducta anterior" ayudó a que su padre, finalmente, aceptara el cambio y que haberse atrevido a romper "el sello" de siempre complacer a sus padres y no defraudarlos fue una buena lección de autonomía.
Cuando se evalúa el fracaso, dice Campos, un punto fundamental es ser capaz de determinar qué sentido tiene para la vida esa meta no alcanzada, sobre todo si se trata de un proyecto a largo plazo, como la vida en pareja. Esa reflexión ayuda a poner en su justo lugar el error y darle la importancia que merece.
Hacer ese ejercicio supone mirar de lejos la situación y observarla con ojos nuevos. Algo que se escribe fácil, pero no lo es en la práctica. "Hay que tomar distancia de esos ideales culturales de armonía. Hay que hacerlos conscientes, y para eso sirve verbalizarlos y reflexionar si esa exigencia social responde a mis necesidades más íntimas y privadas", agrega Patricio Celis.
Porque, finalmente, lo relevante no es el error o fracaso porque este siempre estará presente, dice el psicoanalista: "Sino cómo cada uno aprende de su propia experiencia, para equivocarse de otra manera. Porque los seres humanos caemos tres o cuatros veces en la misma trampa. Y lo que debemos aprender es a no fracturarnos las piernas cada vez que lo hacemos, a salir cada vez lo menos dañados posible". 
El País

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