The Daily Puppy

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domingo, 27 de enero de 2013

Quiero presentarles un cuento de mi amigo elpinero.

Mi último toro


Me están terminando de ponerme el traje de luces bajo la supervisión del Mozo de Espada. Dentro de unos segundos entraré al ruedo en busca de cinco millones de pesetas que voy a cobrar por esta faena. Con ese dinero le compraré una pequeña finca a mis padres para que vivan sus últimos años en un ambiente de paz, tranquilidad y rodeado de árboles y animales.
Voy caminando por el pasillo y recuerdo que mi apoderado me ha dicho que los toros son de la ganadería de Barraceda, un ganadero que compró la hacienda de los Martínez-Romero, lugar donde mi padre trabajó por muchos años. Ahí, en la finca de Martínez-Romero, tuve mi primer encuentro con los toros. Siendo muy pequeño mi padre me llevaba a los potreros y me hablaba del esmero necesario en el cuidado de esos animales. Un día, no muy lejano, pude observar en el establo, el nacimiento de un futuro toro bravo. No sé por qué, pero me llamó la atención. Quizás fuera su color negro azabache y también aquella pequeña mancha blanca, como una estrella de cuatro puntas, encima de su hocico. Cada vez que visitaba los establos, me encontraba con “Negrito”, nombre impuesto por mí y que más nadie conocía, y le hablaba mientras él me miraba atentamente, como si escuchara. Según fue creciendo y yo aumentando mi interés taurino, entraba al potrero y jugaba con él. Luego con una camisa vieja improvisábamos una corrida espectacular. Aprendíamos el uno del otro. Yo, a perder el miedo a los toros y él a embestir como era debido. Muchas veces me llamaron la atención y hasta amenazaron con despedir a mi padre y denunciarme a la Guardia Civil, si seguía con mi imitación de torero. Pero ya tenía el “bichito” del torero dentro, y a escondidas seguíamos, Negrito y yo, representando las mejores corridas de España.
Hasta un día que fui al pueblo y observé a unos chicos practicando con unas carretillas con cuernos y de momento estaba yo con una capa. A los pocos días me contrataron y comenzaron las peregrinaciones por distintas Plazas. Muy pronto me dieron título de “Uno de los mejores toreros de España” y he llegado a alternar con grandes maestros. Todo fue muy rápido.
Termino mi paseíllo y el Mozo de Espada me entrega el Capote de Brega. Fijo mi vista en el toril y veo salir al toro. Parece un zaíno y es un todo trapío con temperamento. Comienzo mi faena y también las ovaciones. El tiempo transcurre rápidamente y estoy en el último tercio con la muleta y el estoque. El toro está frente a mí, como estudiándome, con la cabeza un poco baja, humillada y las banderillas clavadas en el morrillo, torturándolo y haciéndole sangrar. Me voy acercando. Oigo sus resoplidos. De pronto veo algo increíble: la estrella blanca de cuatro puntas. No, no podía ser. Iba a matar a Negrito. Me salió de muy adentro, la pregunta: “Negrito, ¿eres tú?”. Subió la cabeza un poco, un movimiento imperceptible, apenas par de centímetros, lo suficiente para saber que me había reconocido. Tiré el estoque y la muleta al suelo, caminé hasta situarme a escaso centímetros de él. El público me abucheaba y las palabrotas y los objetos volaban hacia el ruedo. Me arrodillé y le dije: “Como pude ser tanto tiempo un imbécil sin llegar a conocerte. Me arrepiento de ser torero. He sido un criminal. Perdóname Negrito y si Dios y tú quieren condenarme, aquí estoy. Hunde tus cuernos en mi pecho y sácame de adentro toda la sangre que puedas.” Terminando de decir esto, incliné mi cabeza y comencé a rezar mientras las lágrimas mojaban la arena caliente. Había un silencio absoluto. Sentí el aire caliente de los pulmones del toro en mi nuca y después algo granuloso y húmedo en la frente. “Negrito me había perdonado. Me estaba lamiendo. Me levanté y lo abracé. Con mi brazo rodeando su cuello salimos caminando hacia la salida bajo ensordecedores aplausos del público.
Hoy trabajo en la finca de Barraceda, atendiendo a los animales. Siempre guardo unos minutos para conversar con “Negrito”, leerle algo de los cuenteros de la Página de los Cuentos” o simplemente, mirarnos los dos.

Pedro Fernandez Arregui (elpinero)

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