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martes, 27 de mayo de 2014

Estas son las diferencias entre una mente 

exitosa en la vida y una mente poco 

exitosa, según científico


DE ACUERDO A LA PSICÓLOGA CAROL DWECK, PODEMOS AFINAR NUESTRO MONÓLOGO INTERIOR Y MENTALIDAD PARA SER MÁS EXITOSOS EN TODOS LOS ASPECTOS DE LA VIDA.

POR: PIJAMASURF - 22/05/2014 

De acuerdo a la psicóloga de Stanford Carol Dweck, la mejor manera de tomar control de tu vida y empujarte a ti mismo a derrumbar fronteras es diseñando tu mentalidad. Las personas exitosas,dice, se concentran en el crecimiento, mientras que las personas que no son exitosas piensan que sus habilidades son inamovibles y evitan los riesgos.
Dweck divide a las personas en dos categorías: mentalidades fijas y mentalidades de crecimiento. El siguiente infográfico de Nigel Holmes resume estas diferencias:
Taschen book: mindsets
Dweck argumenta lo siguiente:
Creer que tus cualidades están grabadas en piedra –la mentalidad fija—genera una urgencia de probarte a ti mismo una y otra vez. Si tienes sólo cierta cantidad de inteligencia, una cierta personalidad y un cierto carácter moral—bueno, entonces más te vale probar que tienes una dosis sana de ellas. Simplemente no funcionaría verte o sentirte deficiente estas características tan básicas.
Existe otra mentalidad en la cual estos rasgo no son simplemente una mano que te tocó y debes vivir con ella, siempre tratando de convencerte a ti mismo y a los otros que tienes un póquer de ases cuando estas secretamente preocupado de que en realidad sólo tienes un par de dieces. En esta mentalidad, la mano que tienes es sólo un punto de partida para tu desarrollo. Esta mentalidad de crecimiento está basada en la creencia de que tus cualidades básicas son cosas que puedes cultivar mediante tus esfuerzos. Aunque las personas puedan diferir en cada rasgo –en sus talentos iniciales y aptitudes, intereses o temperamentos—todos pueden cambiar y crecer mediante la dedicación y la experiencia.

Más que ser otro libro más de autoayuda, la teoría de Dweck está respaldada por la ciencia. En un ahora famoso estudio que se realizó en 1998, Dweck y Claudia Mueller separaron a 128 niños de diez y once años en dos grupos. Se le pidió a cada grupo que resolviera problemas matemáticos; a uno de los grupos se le felicitó por sus características innatas (lo hiciste muy bien; debes ser muy listo) y el otro fue apremiado por su esfuerzo (lo hiciste muy bien; debes haberte esforzado mucho).
Después se les dio otra serie de problemas más difíciles. Tan difíciles, de hecho, que muchos sujetos apenas respondieron correctamente a uno de ellos. A todos se les dijo que lo habían hecho peor que antes. Esto estuvo seguido de una tercer serie de, una vez más, problemas más sencillos para ver cómo el fracaso había impactado el desempeño.
El resultado fue que a los niños que se les felicitó por su inteligencia tuvieron 25% más errores en la tercera prueba que aquellos a los que se les felicitó por su ética de trabajo. Los apremiados por su inteligencia tendieron más a culpar su inhabilidad para resolver problemas en su falta de habilidad o la dificultad de los problemas en lugar de en no haber tratado lo suficiente.
En otras palabras, lo que Dweck sugiere es que a los niños que se les apremia por su inteligencia cuando triunfan en algo son los que menos relacionarán su desempeño con el esfuerzo que hicieron; un factor que, en lugar de enseñar a los niños lo listos que son, parece enseñarles a hacer interferencias entre su habilidad y su esfuerzo. Y, entonces, en lugar de tomar riesgos, se quedan fijos en un mismo lugar porque no conocen el poder trasmutativo del esfuerzo.

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