The Daily Puppy

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sábado, 14 de febrero de 2015

Soy un salvaje y no comprendo

Ciervo en punto de mira
Nunca lo he podido entender. Comprendo la adrenalina, el reto de darle a una presa en movimiento (aunque muchas veces se trata simplemente de un rifle telescópico contra un animal inmóvil que no tiene ninguna oportunidad…). Entiendo todo eso. Lo que no me cabe en la cabeza es que los cazadores sean capaces de anteponer estos «placeres» al hecho de estar terminando con una vida. 
El Jefe Seattle decía: «Lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo»
Ahorraos las excusas. Me las conozco todas. He escuchado mil veces las historias de los valientes cazadores, seanmillonetis o pringaetes que quieren serlo y van a las monterías igual que al pádel o al golf, así que os podéis ahorrar el pretexto del control poblacional y el resto del argumentario de Jara y Sedal. No voy a entrar a debatir al respecto (aunque varios de vuestros razonamientos son fácilmente desmontables), por la simple razón de que no lo hacéis por eso. No sois unos excursionistas amantes de la naturaleza y del ejercicio físico al aire libre que altruistamente decidís comprar una escopeta y sacrificar parte de vuestro tiempo para controlar la población de animales. No. Sois unos sádicos. Lo que os mueve es el placer de matar. Y eso es muy preocupante.
Que tras tantos miles de años de evolución no encontréis otra forma mejor de ocio en vuestras miserables vidas que dar muerte a un animal, que hacer sufrir a un ser vivo, dice muy poco de vosotros. O mucho, según se mire. Para mí, no estáis muy lejos de un psicópata. Ya, ya sé que no sois asesinos en serie, pero tampoco es igual el que roba un paquete de folios en la oficina que la infanta, por ejemplo. Para todo hay niveles, pero por algo se empieza y un ladrón es un ladrón. Y los que no disfrutáis directamente con la muerte y el dolor que infligís, la ignoráis. Es decir: ponéis vuestra diversión por delante del daño ajeno. Deberíais haceros mirar esa falta de empatía, esa frialdad patológica.
Supongo que muchos sois así desde pequeños, como esos críos a los que cuando trabajaba de monitor de tiempo libre (hace una vida) intentaba convencer para que dejaran de torturar a insectos en los campamentos o los patios de los colegios. Al verlos, me acordaba de una frase de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno:«Esos tíos como Morrow que se pasan el día atizándole a uno con la sana intención de romperle el culo, resulta que no se limitan a ser cabrones de niños. Luego lo siguen siendo toda la vida». Pero la mayoría, digo yo que cuando visteis Bambi de críos no os pusisteis del lado del cazador, ¿verdad? No creo que estuvierais ante la tele pensando: «¡Bien! Ya tienen a la madre, pero el puto cervatillo siempre se escapa». ¿Qué os ha pasado desde entonces? Deberíais parar un momento a reflexionar, porque os digo una cosa: erais mejores antes.
Pato cazado
Enseguida saltarán quienes me reprochen que coma carne y pescado. Podría contestarles que bueno, que si de incoherencias hablamos, el que crea estar libre que me lo haga saber y lo comprobamos con un sencillo cuestionario. Pero no hace falta: supongo que cualquiera captará la gran diferencia existente entre comerte un entrecot para alimentarte e ir a matar un jabalí porque no den nada en la tele. ¿No lo veis? El problema está en el hecho de matar por diversión.
Sin embargo, efectivamente, sabiendo cómo trata la industria alimentaria a los animales, con mis ideas debería ser vegetariano. O más bien vegano. O incluso presentarme para presidente de PACMA. ¿Por qué no lo hago? Como todos, me he pertrechado con un buen número de excusas que me sirven para seguir llevándome bien conmigo mismo, probablemente engañándome en cierta manera. Pero quién sabe, quizá algún día. Quizá mañana…
Para terminar, os dejo una frase de la respuesta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos (1855). La carta íntegra debería ser de estudio obligatorio en todos los colegios: «Lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo». Si el Jefe Seattle tenía razón, lo llevamos crudo, pues ya conocéis la famosa cita de Schopenhauer: «El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales». O quizá el Jefe sólo era un aborigen primitivo, tonto y atrasado, y lo que pasa es que yo también soy un salvaje que no comprende a la gente civilizada.

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