viernes, 3 de septiembre de 2010

"PADRE E HIJO"



Al colgar el teléfono... me di cuenta que mi hijo...¡¡¡ERA COMO YO!!!...

Mi hijo nació hace pocos días, llegó a este mundo de una manera normal…
Pero yo tenía que viajar, tenía tántos compromisos...

Mi hijo aprendió a comer, cuando menos lo esperaba, comenzó a hablar cuando yo no estaba. Cómo crece mi hijo de rápido. ¡Cómo pasa el tiempo!

Mi hijo a medida que crecía me decía: ¡Papá algún día yo seré como tú!
- ¿Cuándo regresas a casa papá?
- No lo sé, pero cuando regrese jugaremos juntos, ya lo verás.

Mi hijo cumplió diez años hace pocos días y me dijo:
- ¡Gracias por la pelota papá! ¿Quieres jugar conmigo?
- Hoy no hijo, tengo mucho que hacer.
- Está bien papá, otro día será, se fue sonriendo. siempre en sus labios las palabras "Yo quiero ser como tú".

Mi hijo regresó de la universidad el otro día, todo un hombre. Hijo estoy orgulloso de ti, siéntate y hablemos un poco.
- Hoy no papá, tengo compromisos, por favor préstame el carro para visitar algunos amigos.

Ya me jubilé y mi hijo vive en otro lugar; hoy lo llamé:
- ¡Hola hijo quiero verte!
- Me encantaría padre, pero es que no tengo tiempo, tu sabes, mi trabajo, los niños,
¡pero gracias por llamar, fue increíble oír tu voz!

Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo ERA COMO YO.

Publicado por: uhtred

PERÚ: Me llegó este comentario en relación a la nota: MINERÍA - EXPLOTACIÓN INFANTIL



Estimado Amigo, en Fundicion de DOE RUN de la Oroya no trabajan niños!!
Por Yo. el MINERÍA: EXPLOTACIÓN INFANTIL el 2/09/1

Investigué y acá están los datos:
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LOS NIÑOS DEL PLOMO:

Existe un pueblo en el Perú donde las casas, las calles, el hospital, el colegio y unas pocas áreas verdes están cubiertos por un polvo gris. Entre las partículas de esa nube negra que parece arena, hay plomo. El plomo que sale de las chimeneas de una fundición de metales que ha traído trabajo, “progreso” y docenas de historias de niños que no engordan ni crecen y que tragan esa tierra tóxica cada vez que se meten los dedos en la boca.
Por Marina Walker Guevara

Mishell Barzola tiene seis años y hace tiempo dejó de crecer. Mide apenas un metro y pesa 14 kilos, sólo un poco más que su hermano Steven de dos años. Su madre, Paulina Ccanto, sospecha que el plomo se le ha metido en el cuerpo.
En La Oroya, Perú, donde vive Mishell, los niños respiran y tragan constantemente el metal que viaja en el aire y se deposita en el suelo. Cuando juegan al fútbol o a las canicas en las calles de
tierra, el viento arroja polvo tóxico en sus caras. Cuando se llevan los dedos a la boca, los pequeños, literalmente, comen plomo.
“No la veo bien a la niña”, me dice Paulina sentada en la pequeña habitación que alquila en esta ciudad andina de 33.000 almas, 180 kilómetros al sureste de Lima. Anoche llovió y las goteras se han ensañado con la cama que comparten tres de los cuatro hijos de la mujer. Un débil rayo de sol se cuela por el mismo agujero del techo por el que se filtra el agua. “Mishell no engorda ni crece. El doctor me dijo que puede ser por el exceso de plomo”, me explica Paulina casi susurrando, como si de ese modo la amenaza se tornase menos real. Su hija Rosario, de doce años, habla con la soltura propia de los niños: “A veces nos llenamos de plomo y nos da una enfermedad. Nuestro estómago se llena de plomo. Con eso también podemos morir”.

Es febrero de 2005 y Paulina está a la espera de los resultados de un examen de sangre que despejará todas las dudas sobre la salud de Mishell. En La Oroya, diversos estudios han demostrado que prácticamente todos los niños están intoxicados con plomo en niveles tres veces mayores, en promedio, que lo máximo permitido por la Organización Mundial de la Salud. La razón está del otro lado de las aguas cobrizas del río Mantaro, en la enorme chimenea de cemento que desde hace 83 años escupe sus humos en la cara de los oroyinos. El complejo metalúrgico de La Oroya es, al mismo tiempo, el drama y la razón de ser de esta ciudad. De él viven las familias de los 4.000 obreros que trabajan en sus hornos procesando plomo, zinc, cobre, oro y plata. Miles de comerciantes y transportistas dependen de la fundición para su supervivencia. Y muchos otros han logrado que los nombres de sus hijos estén en la
lista de asistencia social de la empresa estadounidense que desde 1997 maneja la planta, Doe Run Co., la productora de plomo más grande de América del Norte.
Por momentos, y aunque la realidad la contradice, Paulina se esfuerza en pensar que tal vez Mishell sea la excepción entre los niños de La Oroya. Que los cuidados especiales de alimentación e higiene que ella le brinda hayan hecho su parte. Yo también quiero creerlo. Después de todo, pienso, Mishell tiene una energía envidiable. Sube corriendo las escaleras empinadas de su barrio, juega a la pelota y se va saltando por la vereda con sus amigos. Es pequeña, sí, pero no parece que estuviera enferma. La gran tragedia de la intoxicación por plomo es, precisamente, su sigilo, la ausencia de signos externos inmediatos o muy notorios. Sin embargo, la exposición prolongada al metal provoca daños irreversibles en el sistema nervioso central. Es un veneno de acción lenta, pero devastadora.

Recorro las calles angostas, laberínticas de La Oroya Antigua, la zona más cercana a la fundición. Trozos de vida urbana compiten con escenas casi coloniales: falta de agua corriente, ausencia de un sistema de cloacas, basura amontonada a la orilla del río. Hay una belleza irónica en la confusión de casas viejas pintadas de azules, de amarillos y de marrones; bares improvisados que empiezan a poblarse desde temprano y cabinas de internet abarrotadas de niños y adolescentes.
Ayer pagaron en la empresa y el mercado callejero está rebosante de vendedores de todo, desde aceite curativo de caracoles hasta trucha frita recién preparada. Perros flacos comen los restos de comida que caen de los puestos, y docenas de taxis se agolpan en las calles y hacen sonar sus bocinas. A lo lejos se escucha el andar pesado, metálico del tren que sale de la fundición con sus vagones repletos de minerales rumbo a Puerto Callao, en Lima.

Nadie parece prestar atención al aire pesado, irrespirable, ni al olor ácido que lo impregna todo, se mastica, quema los ojos y la garganta. Los oroyinos me dicen que a la larga uno se acostumbra a los “gases”, como le llaman, una combinación de plomo, arsénico y dióxido de azufre, entre otros contaminantes que emite la fundición. El humo queda atrapado entre las laderas de los cerros donde se agolpa, caótica, la ciudad.

Hugo Villa es neurólogo y trabaja en La Oroya desde hace 25 años. Me recibe en el hospital Essalud, donde se atienden los obreros de la fundición y sus familias, pero me pide discreción y me conduce a una sala alejada del paso del público. El médico se ha unido a los grupos que reclaman que Doe Run cumpla con el plan de mitigación ambiental al que se comprometió cuando compró el complejo hace ocho años. Pero quienes se atreven a hacer ese reclamo, dice
Villa, son rápidamente señalados por los trabajadores del sindicato como “traidores”. “Quien habla del problema de salud está yendo contra la fuente de trabajo”, me explica el médico en baja voz, igual que Paulina. Por esta razón, según Villa, los padres no preguntan sobre el plomo cuando llevan a sus niños al hospital. Tampoco expresan preocupación. “Es como si tuvieran miedo”, dice Villa, “me siento frustrado, impotente. Me da rabia. En 15 ó 20 años toda una generación va a tener problemas de desarrollo psicomotor”.
La planta de La Oroya la construyeron “los primeros gringos”, como se refieren los lugareños a los estadounidenses de la compañía Cerro de Pasco Copper Corporation que desembarcó en estas alturas de los Andes en 1922. El complejo metalúrgico permitió que vivieran las minas a lo largo y a lo ancho de la sierra central del Perú, cuyos minerales necesitaban ser procesados antes de venderse en el mercado internacional. Por la complejidad de los procesos que allí se realizaban -procesamiento de minerales “sucios”, con alto contenido de sulfuros-, La Oroya se transformó en un lugar de referencia para ingenieros metalúrgicos de todo el mundo.

A los pocos años de creada la planta, los agricultores de la zona comenzaron a quejarse de que el humo secaba sus pastos. Cuentan los memoriosos que los cerros de La Oroya por ese entonces eran verdes, y en el Mantaro, uno de los ríos más importantes de Perú, se pescaban truchas y ranas. Hoy las montañas que rodean La Oroya están peladas y manchadas de negro, y del Mantaro algunos pobladores dicen que “está muerto”. En 2003, una ley nacional declaró la emergencia ambiental de su cuenca, de la que son responsables también las minas de la zona de cerro Pasco y las
decenas de pueblos andinos cuyos desechos cloacales van a parar al río. Cuando en 1974 el gobierno peruano expropió y nacionalizó el complejo metalúrgico de La
Oroya, la contaminación del suelo, el aire y el agua empeoró. Los pobladores se habituaron a vivir con los ojos rojos, inyectados, y un pañuelo siempre a mano para cubrirse la cara cuando “venía el humo”. Poco se sabía de la intoxicación por plomo por aquellos días porque todavía no se habían realizado estudios de sangre en la población.

Una mañana de octubre de 1997, un grupo de estadounidenses firmó un contrato con el
gobierno del ahora prófugo Alberto Fujimori por 120 millones de dólares. Doe Run Co., con sede en Missouri, acababa de comprar la planta de fundición de metales de La Oroya en condiciones más que ventajosas. El acuerdo de venta especificaba que durante diez años la empresa estatal Centromín Perú, que vendió a Doe Run el complejo, asumiría cualquier demanda legal atribuible a la contaminación histórica de La Oroya. En ese período, los estadounidenses se comprometieron a desarrollar un programa de control de emisiones y efluentes industriales, entre otras medidas de mitigación ambiental. Doe Run y la compañía neoyorquina a la que pertenece, Renco Group, enfrentan decenas de juicios en Estados Unidos por supuestos daños al medio ambiente y a la salud ocasionados por sus empresas. La Agencia estadounidense de Protección Ambiental acaba de demandar a una de las compañías de Renco por la presunta contaminación con PCB de los alrededores del Great Salt Lake, en Utah, donde opera una planta de magnesio. El accionista mayoritario de Renco es el enigmático multimillonario Ira Leon Rennert quien, según la prensa estadounidense, posee una mansión en Long Island, Nueva York, que dobla en tamaño a la Casa Blanca, con 29 habitaciones y 40 baños. Una de sus empresas, AM General Corp., es una de las grandes proveedoras de vehículos militares del Pentágono, incluido el famoso Humvee.

La historia de Doe Run en el pequeño pueblo de Herculaneum, Missouri, donde la compañía tiene una fundición de plomo, no es menos controvertida. Cuando en 2001 los valores de plomo en la sangre de los niños comenzaron a subir, el gobierno ordenó a Doe Run reducir las emisiones de su chimenea y renovar la tierra de los jardines de las casas aledañas a su planta, entre otras medidas de protección de la población.
Así, en los últimos dos años la compañía ha cumplido con los estándares nacionales de calidad de aire. Un panorama bien diferente al de Perú, donde la fundición de La Oroya arroja a la atmósfera alrededor de dos toneladas de plomo por día, de acuerdo con documentos de la empresa. Esto es menos plomo que lo que respiraban los oroyinos cuando la planta estaba en manos del gobierno peruano, pero es una cifra 29 veces mayor que la emisión de plomo en la planta de Missouri.

Los oroyinos, entre ellos Paulina Ccanto y su familia, recibieron a Doe Run con los brazos abiertos. En sus primeros años de operación, la compañía plantó árboles, organizó concursos de pintura en las escuelas y abrió un comedor para los niños de las familias más pobres. Rápidamente los colores corporativos de Doe Run, blanco y verde, comenzaron a cubrir los edificios de las escuelas públicas, el sindicato metalúrgico y la estación de policía, regalo de la empresa.
Las condiciones de trabajo dentro de la planta mejoraron y la compañía puso en marcha algunos proyectos ambientales, como la construcción de un depósito para almacenar trióxido de arsénico, sustancia altamente tóxica. Sin embargo, en 2003 una auditoría internacional realizada a pedido del gobierno peruano mostró que la calidad del aire se había deteriorado en La Oroya entre 1995 y 2002, mientras que la producción de plomo se había incrementado. Este fue el inicio de una serie de tira y aflojes entre el gobierno y la compañía que culminó el año pasado cuando Doe Run amenazó con retirarse de Perú si no se le ampliaba el plazo para completar el plan de mitigación ambiental que se vence en enero de 2007.

Los ejecutivos de la minera argumentan que la competencia de China y los malos precios del plomo hasta el 2004 -hoy en alza- los dejaron sin recursos para concluir el proyecto más importante desde el punto de vista del medio ambiente: la construcción de una planta de ácido sulfúrico, valuada en US$100 millones, que disminuiría considerablemente la emisión de gases y metales a la atmósfera. La planta captaría el dióxido de azufre -gas altamente irritante y responsable primario de la llamada lluvia ácida que debilita el suelo y las plantas- y a través de un proceso químico lo transformaría en ácido sulfúrico, un producto comercializable. El rumor de que Doe Run podía irse de La Oroya se propagó rápidamente entre los obreros de la
planta y los pobladores, y causó pánico.

En un acto inédito en la historia sindical del país, la unión metalúrgica se alineó con la empresa “en defensa de la fuente de trabajo”. A principios de diciembre pasado estalló una huelga que incluyó cortes de rutas y cobró la vida de dos ancianos, quienes junto a cientos de pasajeros de autos, buses y camiones quedaron atrapados durante dos días en la Carretera Central, principal vía de acceso desde Lima a la región centro del país y a la selva. La escena contrastaba dramáticamente con la realidad de otros pueblos de Perú, donde en años recientes la población impidió la expansión de la minería. En la ciudad norteña de Cajamarca, la estadounidense Newmont Co. decidió acabar con sus planes de expandir la mina de oro de Yanacocha, la más grande de Latinoamérica, luego que los pobladores cortaron rutas en septiembre de 2004 para protestar por la contaminación del agua. En La Oroya, las penurias económicas ganaron la partida. “Nos dijeron que la empresa se iba a ir y que iba a venir otro dueño”, me cuenta Paulina, quien participó de algunas de las marchas de diciembre pasado en apoyo de Doe Run. La mujer reconoce que la contaminación que emite la fundición está lastimando a su familia, pero dice que sin la planta, La Oroya desaparecería del mapa en pocos meses.

Cuando moría 2004, el presidente Alejandro Toledo firmó el Decreto Supremo 046 que permite que Doe Run y otras mineras en apuros financieros postulen para obtener extensiones de plazos de hasta cuatro años en proyectos específicos de sus programas de mitigación ambiental. El decreto irritó a grupos ambientalistas nacionales e internacionales, a la Iglesia católica y al gobierno regional de Junín, al que pertenece La Oroya. También se cobró el puesto de la ex directora general de Minería, María Chappuis, quien se oponía a que se otorgara tiempo adicional a Doe Run. “Creo en una minería sustentable, no en una minería a cualquier precio”, dice Chappuis sentada en la galería de su casa de Lima. Hace un silencio y sigue: “Me da pena la gente de La Oroya. Ellos no han conocido otra cosa; creen que todas las fundiciones trabajan como Doe Run”.

Luego de varios días de conversar y de recibirme en su casa, Paulina se ha tornado esquiva. La noto asustada. Sus niños que antes corrían a darme la bienvenida, ahora me sonríen, pero siguen de largo. Finalmente una de las niñas me dice, apurada, que “las señoritas de la Doe Run” han llamado a su mamá y le han hecho preguntas sobre sus conversaciones conmigo. La angustia de Paulina está sobradamente justificada. Si bien su esposo no es obrero de la planta, tres de sus cuatro niños almuerzan cada día en el comedor de la empresa. En la última Navidad, los pequeños recibieron robots electrónicos y muñecas Barbie, regalos de Doe Run Perú. Y dos veces por semana madre e hijos se bañan en las duchas que la compañía provee a algunas familias necesitadas.
Las “señoritas” son trabajadoras sociales de Doe Run y me aseguran que no han querido
intimidar a Paulina, sino prevenirla contra “periodistas sensacionalistas”.
Algunas horas más tarde vuelvo a golpear la puerta de la casa de Paulina. Esta vez la mujer me deja entrar y me cuenta que las trabajadoras sociales de Doe Run la han visitado y le han dicho que “está bien” hablar conmigo. “Yo estoy muy agradecida de la empresa por la ayuda que me da”, se apura a aclarar, nerviosa. Por unos segundos las dos nos miramos en silencio. Le pregunto por el análisis de sangre de
Mishell. Me dice que aún no sabe nada. “Ya se están tardando mucho en entregar los
resultados”, suelta Paulina con no poca angustia mientras carga a Steven en su espalda. Mishell es una de los 788 niños de La Oroya Antigua que participaron de un estudio de plomo realizado en conjunto por el Ministerio de Salud y Doe Run a finales de 2004. Luego de varios meses de espera de los resultados, los rumores han empezado a circular entre los vecinos. El comentario, por lo bajo, es que los valores de plomo han salido altos. Que nada ha cambiado demasiado para los niños de La Oroya a pesar de los esfuerzos de la empresa por promover campañas de higiene en la ciudad. Paulina no se hace eco de los rumores. Ella prefiere hacer en lugar de especular. Entonces compra pollo cada vez que puede para que la sopa de Mishell sea más nutritiva, y manda a la niña cada mañana al lavado de manos comunitario que organiza Doe Run en los barrios para prevenir la ingestión de plomo en los chicos.

Las encargadas de llevar adelante estas campañas de higiene son las llamadas “delegadas ambientales”, un grupo de unas setenta amas de casa voluntarias que, según los más críticos, además de barrer calles y lavar manos diseminan el mensaje de la compañía entre los vecinos. Son, dicen, una máquina efectiva de control social.
La recepción que me dan las delegadas no es precisamente cálida. Una de ellas se acerca y me interroga en la calle acerca de los motivos de mi visita. En concreto, me pregunta por qué estoy conversando tanto con Paulina y sus niños. “¿Cómo cree que nos sentimos cuando nos dicen que nuestros hijos son mongólicos? Muchos niños de aquí van a la universidad”, me dice gritando otra delegada, Elizabeth Canales, cuando me presento. La mujer se refiere a programas periodísticos de televisión en los que se ha discutido sobre el posible impacto del plomo en el desarrollo intelectual de los niños de La Oroya. A los pocos minutos estoy rodeada por siete mujeres que apoyadas en sus escobas se interrumpen entre sí y me dicen que sí, que contaminación hay, pero que antes era peor y que “después de todo Doe Run da alimentos y ropa para los niños, algo que jamás pasó cuando el gobierno manejaba la planta”.

“Limpien, señoras, limpien. Muévanse como si estuvieran bailando”, escucho que Canales les grita a las otras delegadas mientras me alejo de la Calle 2 de Mayo. Las señoras hacen bien en limpiar, aunque los expertos dudan que sirva de mucho si la fuente de contaminación no disminuye. Un estudio reciente de la ONG Occupational Knowledge de California y de la fundación Labor de Lima mostró que 88% de las muestras de suelo tomadas en casas, escuelas y comercios de La Oroya tenían valores altos de plomo. Un tercio de las familias de La Oroya vive en casas de una sola habitación, sin baño ni agua corriente. Por eso la vida se extiende a la acera, donde las mujeres cocinan, lavan y bañan a sus hijos pequeños en fuentones de plástico. Pero “cuando vienen los humos”, me cuentan, las madres hacen entrar a los chicos en las casas, apuradas, y cierran tras de ellos puertas y ventanas.

“Es en vano vivir acá”, me dice Carmen Cóndor, una mamá soltera que pasó varias noches en vela cuando en 2003 los médicos le dijeron que su hijo, Brayam Rosas, tenía niveles altos de plomo en el organismo, “la verdad es que estamos todos contaminados”. Aunque no se conocen, Carmen y Paulina comparten la misma angustia: sus niños no crecen, una característica común entre los chicos intoxicados con plomo. Brayam, de siete años, mide 12 centímetros menos de lo que debería de acuerdo con su edad y su peso. “Estoy chato”, me dice el niño apoyando la palma sobre su cabeza y sonriendo con inocencia. “A veces no como mucho”, cuenta Brayam. Carmen asiente con la cabeza. “Yo tengo miedo de que se quede chiquitito, de que ya no crezca”, me dice la mujer apretando una mano contra la otra.

Algunos dirigentes políticos, en cambio, no encuentran mayores razones para
angustiarse. “Probablemente haya algún niño enfermo por plomo, pero no conozco a ningún niño hospitalizado por esa causa”, dice impasible Clemente Quincho, intendente de La Oroya, quien lideró la huelga de diciembre para presionar al gobierno peruano en favor de Doe Run. Sentado en su oficina de gobierno, rodeado de diplomas de mérito y de un trofeo que ganó en un torneo de fútbol organizado por Doe Run, Quincho desmiente a quienes dicen que la compañía manipula al municipio. “Yo rechacé viajes que me ofrecieron las ONG [ambientalistas] y el viaje a Missouri que me ofreció la empresa”, aclara. Después se acomoda en su silla y me cuenta que sus tres hijos se criaron en La Oroya y que, no obstante, “son muy inteligentes”.


Otros padres, sin embargo, quisieran hacer las valijas y llevarse a sus niños de aquí para siempre. Lucy Echeverría es una de ellas ya que su hija de ocho años, Diana, tiene asma. Para chicos con problemas respiratorios, a la amenaza del plomo se suma la del dióxido de azufre. “Hay momentos en que largan demasiado gas. Se pone todo como neblina y la vista quema. Yo no puedo respirar. Mi hija me dice que acá es feo y que mejor nos vayamos a otro lado”, dice Lucy, quien en las vacaciones manda a Diana a casa de unos parientes en Huanoco para que la niña descanse de los humos.


La chimenea de la fundición despide más de 800 toneladas diarias de dióxido de azufre, sobrepasando cinco veces los límites máximos permisibles que establecen las leyes peruanas. Estas son las emisiones que se reducirían con la construcción de la planta de ácido sulfúrico que Doe Run quiere postergar hasta 2011. Lejos de los humos de La Oroya, sentado en una oficina vidriada en el coqueto barrio limeño de San Isidro, Bruce Neil, presidente de Doe Run Perú, asegura que la compañía aplica en Sudamérica los mismos estándares ambientales que en Estados Unidos. Dice que las emisiones se han reducido más de un tercio y que seguirán mejorando. “Tenemos una planta que tiene 83 años y que nosotros hemos manejado por 7,5 años y se la presenta como si fuera una empresa estadounidense. Esa categorización no es correcta, no es justa”, agrega Neil. Sentado a su lado, silencioso, está su mano derecha, José Mogrovejo, quien fue director de Asuntos Ambientales del Ministerio de Energía y Minas de Perú, ente de fiscalización de Doe Run, antes de aceptar el puesto de vicepresidente de Asuntos Ambientales de Doe Run Perú.

“Soy padre y soy abuelo”, me dice Neil en un inglés pausado, “el hecho de que haya niños con altos niveles de plomo es absolutamente inaceptable. Tenemos que bajar ese número a cero”. Luego me cuenta la otra parte de la historia: “El metal mejora
nuestras vidas. Este edificio está hecho de minerales y de metales, y los autos y tu grabador también. No podemos vivir sin metales”. A sus seis años, Mishell Barzola no entiende de intereses corporativos, de derechos ambientales o de protesta social. Juega distraída con la muñeca Barbie que le regaló Doe Run para Navidad. “Es una novia, con velo y con música”, me cuenta Mishell arreglándole el pelo rubio y brillante. “Cuidamos estos juguetes porque son los únicos que tenemos”, dice con gran seriedad. En mis últimos días en La Oroya noto que Paulina está cada vez más ansiosa por los resultados del análisis de sangre de Mishell. Casi a diario va al consultorio médico que comparten la empresa y el gobierno a preguntar si hay novedades. Y cada día vuelve con la misma respuesta: “más adelante”.

Paulina me dice que quiere aprender más sobre el plomo para cuidar mejor a sus hijos, y que las trabajadoras sociales de Doe Run les han prometido a ella y a otras madres que, más adelante, habrá una charla. La mujer tiene esperanzas de que la empresa cumpla sus promesas y limpie el aire de La Oroya. “Mientras tanto, me dicen que lo principal es la higiene y la alimentación. La limpieza la cuido mucho. Baño a los niños, les lavo las manos. Cuando viene el gas encierro a los niños acá. Ellos ya están acostumbrados. Cierro la puerta y las ventanas hasta que paren los humos”.

A fines de marzo, finalmente, Doe Run y el Ministerio de Salud de Perú han dado a conocer los resultados del estudio de plomo. Todos menos uno de los 788 niños menores de siete años evaluados tienen tres veces más plomo, en promedio, que el máximo de 10 microgramos por decilitro de sangre permitido por la OMS. Casi la mitad de los pequeños ya presenta deficiencias psicomotoras. Cinco niños tienen tanto plomo que, de acuerdo con los estándares de Estados Unidos, corren riesgo de muerte. Pienso en Paulina. La imagino lavando la ropa de su familia en una pileta comunitaria en la vereda, tal como la encontraba cada mañana, o limpiando, empecinada, el polvo tóxico que se asentaba en sus muebles y en los linteles de las ventanas y que volvía a aparecer siempre, algunas horas más tarde, en los mismos lugares. Sus esfuerzos no han podido frenar el avance del plomo en los riñones, pulmones, cerebro e hígado de Mishell. La pequeña tiene 42 microgramos de plomo por decilitro de sangre, cuatro veces más que el estándar de salud. Su hermano Steven, de dos años, roza los 50 microgramos. Doe Run y el Ministerio de Salud se han apurado a diseñar un plan de contingencia para atender a los niños más afectados por la contaminación. Un grupo de chicos irá a la escuela en un pueblo cercano a La Oroya para evitar, al menos durante el día, la exposición a las emisiones tóxicas. A los otros niños se les está haciendo seguimiento médico y nutricional. Pero es incierto lo que sucederá con los miles de chicos que viven en La Oroya y que no participaron del estudio de sangre. En abril una jueza ordenó al Ministerio de Salud tomar medidas urgentes para proteger a todos los habitantes de La Oroya, pero los funcionarios peruanos han apelado la resolución.

En mi mente trazo paralelos con la ciudad de Herculaneum, Missouri, donde ya no se ven niños jugando en las cercanías de la fundición porque Doe Run, bajo la mirada estricta del gobierno local, los está trasladando a todos a pueblos aledaños, donde podrán crecer sin plomo. Pero La Oroya está en Perú, y en Latinoamérica, las
dialécticas suelen ser tramposas: trabajo o salud, supervivencia económica o medio ambiente. Paulina Canto y sus niños lo saben bien.

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El Polvorín

Lunes 28 junio 2010
Fundición Doe Run Perú actúa en complicidad con Estado Peruano

LOS INVITO A LEER TODAS LAS NOTAS, RESULTAN SUMAMENTE INTERESANTES.

niños de la Oroya se mueren por el plomo
por ATACAMA » Jue Jul 30, 2009 4:28 pm

Reveladora historia sobre cómo se acaba la vida en la cuenca del Mantaro
Los niños de plomo en La Oroya

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Me parece que subir todos los datos acerca de la Fundición de DOE RUN de la Oroya, está de más. Hay videos y cantidad de artículos al respecto. Gracias al Señor "Yo" nos enteramos de aspectos desconocidos. Ahora podemos suponer que los niños no trabajan en la Fundición, o al menos no encontré un informe en tal sentido.
Es posible que no trabajen.
Gracias a la Fundición, viviendo ahí, se mueren directamente.
Maitri

jueves, 2 de septiembre de 2010

REGALO DE LA UNESCO PARA LA HUMANIDAD ENTERA!

LA NOTICIA DEL LANZAMIENTO EN INTERNET DE LA WDL
LA BIBLIOTECA DIGITAL MUNDIAL.

REGALO DE LA UNESCO PARA LA HUMANIDAD ENTERA!

Especialmente para LOS JÓVENES.

Ya está disponible en Internet, a través del sitio

www.wdl.org

Reúne mapas, textos, fotos, grabaciones y películas de todos los tiempos y explica en siete idiomas las joyas y reliquias culturales de todas las bibliotecas del planeta.

Tiene, sobre todo, carácter patrimonial, anticipó ayer a LA NACIÓN Abdelaziz Abid , coordinador del proyecto impulsado porla Unesco y otras 32 instituciones.

La BDM no ofrecerá documentos corrientes , sino "con valor de patrimonio, que permitirán apreciar y conocer mejor las culturas del mundo en idiomas diferentes: árabe, chino, inglés, francés, ruso, español y portugués. Pero hay documentos en línea en más de 50 idiomas".

"Entre los documentos más antiguos hay algunos códices precolombinos, gracias a la contribución de México, y los primeros mapas de América, dibujados por Diego Gutiérrez para el rey de España en 1562", explicaba Abid.

Los tesoros incluyen el Hyakumanto darani, un documento en japonés publicado en el año 764 y considerado el primer texto impreso de la historia; un relato de los aztecas que constituye la primera mención del Niño Jesús en el Nuevo Mundo; trabajos de científicos árabes que desvelan el misterio del álgebra; huesos utilizados como oráculos y estelas chinas; la Biblia de Gutenberg; antiguas fotos latinoamericanas de la Biblioteca Nacional de Brasil y la célebre Biblia del Diablo, del siglo XIII, dela Biblioteca Nacional de Suecia.

Es fácil de navegar.

Cada joya de la cultura universal aparece acompañada de una breve explicación de su contenido y su significado. Los documentos fueron

escaneados e incorporados en su idioma original, pero las explicaciones aparecen en siete lenguas, entre ellas, EL ESPAÑOL.

La biblioteca comienza con unos 1.200 documentos, pero ha sido pensada para recibir un número ilimitado de textos, grabados, mapas, fotografías e ilustraciones.

¿Cómo se accede al sitio global?

Aunque será presentado oficialmente hoy en la sede de la Unesco , en París, la Biblioteca Digital Mundial ya está disponible en Internet, através del sitio www.wdl.org

El acceso es gratuito y los usuarios pueden ingresar directamente por la Web , sin necesidad de registrarse.

Permite al internauta orientar su búsqueda por épocas, zonas geográficas, tipo de documento e institución.

El sistema propone las explicaciones en siete idiomas (árabe, chino, inglés, francés, ruso, español y portugués). Los documentos, por su parte, han sido escaneados en su lengua original. De ese modo, es posible, por ejemplo, estudiar en detalle el Evangelio de San Mateo , traducido en aleutiano por el misionero ruso Ioann Veniamiov, en 1840...

Con un simple clic, se pueden pasar las páginas de un libro, acercar o alejar los textos y moverlos en todos los sentidos. La excelente definición de las imágenes permite una lectura cómoda y minuciosa.

Entre las joyas que contiene por el momento la BDM está la Declaración de Independencia de Estados Unidos, así como las Constituciones de numerosos países; un texto japonés del siglo XVI considerado la primera impresión de la historia; el diario de un estudioso veneciano que acompañó a Fernando de Magallanes en su viaje alrededor del mundo; el original de las "Fabulas" de Lafontaine, el primer libro publicado en Filipinas en español y tagalog, la Biblia de Gutemberg, y unas pinturas rupestres africanas que datan de 8000 A .C.

Dos regiones del mundo están particularmente bien representadas: América Latina y Medio Oriente. Eso se debe a la activa participación de la Biblioteca Nacional de Brasil, la biblioteca Alejandrina de Egipto y la Universidad Rey Abdulá de Arabia Saudita.

La estructura de la BDM fue calcada del proyecto de digitalización de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que comenzó en 1991 y actualmente contiene 11 millones de documentos en línea.

Sus responsables afirman que la BDM está sobre todo destinada a investigadores, maestros y alumnos. Pero la importancia que reviste ese sitio va mucho más allá de la incitación al estudio a las nuevas generaciones que viven en un mundo audiovisual. Este proyecto tampoco es un simple compendio de historia en línea: es la posibilidad de acceder, íntimamente y sin límite de tiempo, al ejemplar invalorable, inabordable, único, que cada cual alguna vez soñó conocer.

NO TE RINDAS!



No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.

Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,

No te rindas por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estás sola,
porque yo te quiero.

Mario Benedetti

TRABAJO Y EXPLOTACIÓN INFANTIL:



Laureano Benitez

MINERÍA: EXPLOTACIÓN INFANTIL



La minería artesanal explota a miles de niños. Una infancia frustrada en America Latina:

Actualmente, uno de cada seis niños en el mundo está implicado en alguna forma de trabajo infantil, realizando trabajos que perjudican su desarrollo psicológico, físico y emocional. Esos niños trabajan en diversas industrias, y en muchas partes del mundo. En Latinoamérica, alrededor de 1 millón y medio de niños y adolescentes trabajan en la minería artesanal. La OIT ha lanzado una campaña para eliminar el trabajo infantil en las minas y canteras y que al cabo de 10 años se pueda retirar a un millón de niños de las minas y llevarlos a la escuela, para que se forjen un futuro, y para poder crear estructuras que garanticen que no volverán a ser sometidos a esta peligrosa forma de trabajo y de explotación. Un grave fenómeno de explotación infantil ocurre en Latinoamérica, donde existen alrededor de 1 millón y medio de niños y adolescentes que trabajan en la minería artesanal, los que nunca pueden ir a la escuela, los se ven obligados a desarrollar un trabajo pesado, insalubre, sin ninguna seguridad, los que están sumidos en una niñez de analfabetismo y miseria. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) otros 650 mil estarían en riesgo de ingresar a esta peligrosa actividad. La condición de pobreza de las familias, la limitación en el acceso a servicios de calidad en educación o salud, la falta de alternativas para el uso del tiempo libre, los factores culturales y las escasas oportunidades de mejora de ingresos serían las principales razones de la existencia y el aumento del número de estos pequeños trabajadores.

Esta realidad refuerza la situación de exclusión y marginalidad en la que viven millones de personas en el Continente. La OIT estima que cerca de 150 mil niños y niñas peruanos están vinculados a la extracción del oro, mientras que en Colombia las cifras del Gobierno indican que alrededor de 730 mil estarían laborando en la explotación de oro, carbón, esmeraldas y arcilla en diferentes regiones del país. En Bolivia, más de 176 mil niños y niñas participan en la extracción de estaño, zinc y plata y en Ecuador el número de trabajadores infantiles mineros se estima en 1500. Hay canteras de piedras en la mayor parte de los países del mundo, y el trabajo infantil existe y ellos pueden ser vistos rompiendo piedras a lo largo de los caminos, o cortando y arrastrando rocas desde los fosos donde se producen estos materiales. Nadie sabe realmente cuántos niños y adultos han hecho de este trabajo una manera de vida. La minería de pequeña escala y artesanal emplea aproximadamente 2,5 millones de personas en todo el mundo, un millón de los cuales son niños que no llegan a los 15 años. Este número está aumentado dado que la tendencia actual es de trabajar más en la minería de pequeña escala que en las grandes minas dentro del sector formal. En Perú, por ejemplo, muchos pequeños comienzan ayudando a sus madres en tareas "sencillas" de selección de desmonte minero o “bateando” en el río durante largas horas a la intemperie. Luego empiezan a apoyar la extracción del mineral en los túneles, el transporte a la superficie y su procesamiento, proceso en el que se exponen a explosiones, derrumbes, asfixia y contaminación con sustancias tóxicas como el mercurio, cianuro y otros ácidos.

Lo mismo ocurre en los demás países Estudios desarrollados por la OIT en diferentes países de Sudamérica han identificado que los niños y niñas trabajadores mineros presentan cuadros de desnutrición y retraso en su crecimiento, situaciones que se suman a casos de intoxicación crónica con sustancias utilizadas en el tratamiento de los minerales, deterioro neurológico ocasionado por los mismos agentes, así como otras lesiones y discapacidades originadas por accidentes y por condiciones de trabajo que superan ampliamente la capacidad física y la fuerza de los niños. En Perú, Doe Run (DRP) es la planta de fundición de metales múltiples de La Oroya. Este complejo es una enorme fuente de metales pesados y de emisiones de dióxido de azufre, en él trabajan más de 500 niños y sufren los severos problemas de salud, particularmente por el envenenamiento con plomo en la sangre y problemas respiratorios crónicos. Según un estudio realizado por el Ministerio de Salud de ese país, el 99.1% de los niños en La Oroya sufren de intoxicación por plomo, mientras que el 20% requiere urgentemente de hospitalización. América Central no es ajena a este problema. En Guatemala, niños y niñas han sido detectados, en canteras, arrastrando cargas pesadas, respirando partículas contaminantes y utilizando peligrosas herramientas y equipos para el triturado de piedras y minerales.

Mientras que en países como Nicaragua, por ejemplo se observan, confinados en la oscuridad de estrechos túneles, otros niños, niñas y adolescentes centroamericanos que laboran largas jornadas en minas, siendo expuestos a graves accidentes que afectan su seguridad y su salud, así lo expresó Guillermo Dema, coordinador subregional del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) de OIT. El organismo internacional OIT ha lanzado una campaña para eliminar el trabajo infantil en las minas y canteras y que al cabo de 10 años se pueda retirar a un millón de niños de las minas y llevarlos a la escuela, para que se forjen un futuro, y para poder crear estructuras que garanticen que no volverán a ser sometidos a esta peligrosa forma de trabajo y de explotación. Para ello, la OIT está trabajando conjuntamente con la CASM (Communities and Small-Scale Mining), una red mundial de agencias y especialistas de la minería de pequeña escala, que agrupa empresas, sindicatos, gobiernos de países donde existe este tipo de minería, donantes y otras organizaciones internacionales, así como el público en general, especialmente jóvenes. Las cifras son alarmantes, hay más de 2,5 millones de niños que trabajan en todo el mundo, 86 millones de niños son menores de edad y otros tantos trabajan en la economía informal sin protección legal o reglamentaria.

Cada año mueren 38 mil niños en accidentes relacionados con el trabajo, el mayor número de estos son menores de 15 años que trabajan, 1,5 millones se encuentran en la región de Asia y el Pacífico y la mayor proporción de niños que trabajan se encuentra en África, casi un tercio son niños menores de 15 años. La experiencia del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) de la OIT en proyectos piloto en Bolivia, Colombia, Ecuador, Mongolia, Níger, Perú y Tanzania, demuestra que es posible eliminar el trabajo peligroso que realizan los niños y las niñas, ayudando a las comunidades mineras a adquirir derechos legales, organizarse en cooperativas u otras unidades productivas, mejorar la salud y seguridad en el trabajo y la productividad de los trabajadores adultos y asegurar servicios esenciales tales como educación, salud, agua potable y saneamiento en estas comunidades situadas a menudo en zonas muy alejadas. Actualmente, uno de cada seis niños en el mundo está implicado en alguna forma de trabajo infantil, realizando trabajos que perjudican su desarrollo psicológico, físico y emocional. Esos niños trabajan en diversas industrias, y en muchas partes del mundo. La gran mayoría desempeña sus actividades en el sector agrícola, en el que es posible la exposición a productos químicos y a equipos peligrosos. Otros son niños de la calle, que se dedican a la venta ambulante o hacen recados para ganarse el sustento. Algunos trabajan en el servicio doméstico, se prostituyen o trabajan en fábricas.
Sylvia Ubal - Barómetro Internacional

LOS NIÑOS QUE TRABAJAN COMO ESCLAVOS:

Más de 6.500 niños y jóvenes están obligados a trabajar en condiciones insoportables en los centros mineros que rodean la ciudad de Potosí en Bolivia. Sus trabajos extremadamente pesados como cargadores, pionetas o encargados de hacer los orificios para colocar explosivos. Los niños realizan estas tareas hasta 10 horas al día ininterrumpidamente. Para ayudar a los niños mineros de Potosí, Kindernothilfe apoya tres proyectos en esta ciudad situada a 4000 metros sobre el nivel del mar. Con estos proyectos son beneficiados 800 niñas, niños, jóvenes y sus familias.



Miguel trabaja ya desde hace dos años en las minas del „Cerro Rico", ubicada en los Andes bolivianos. Alguna vez hubo aquí la mina de plata más rica del mundo. Cada día el niño de once años se obliga a la tarea de buscar minerales a través de los estrechos e inseguros túneles. Las condiciones de trabajo durante el día son brutales, el resultado son graves enfermedades de las vías respiratorias e infecciones dermatológicas y oculares.

"Las temperaturas en los túneles alcanzan casi 40 grados. A veces no puedo respirar, porque el alto contenido de azufre en el aire", denuncia Miguel. El niño pasa casi diez horas diarias en el túnel. Dos rebanadas de pan duro y una botella de agua son toda su colación. "Contra el hambre que nos tortura mascamos hojas de coca. Esto al menos ayuda un poco," susurra él. El trabajo durante el día es mortal, ya que siempre ocurre el derrumbe de algún túnel. Miguel recibe por día cuatro dólares, un salario de ahmbre, pero sin el cual su familia no podría sobrevivir.

Apoyo para los niños mineros
Los tres proyectos que lleva a cabo Kindernothilfe en este lugar tienen como objetivo, mejorar en su totalidad las condiciones de trabajo de los niños, ya que desgraciadamente la eliminación del trabajo infantil aún se vé muy lejana, así como el hecho que las familias no tengan otra perspectiva de asegurar sus necesidades básicas.

Desde Agosto 2006, en el proyecto "Promoción de la Niñez y Familia Minera" (Proyecto N° 90039) los niños y jóvenes encuentran un lugar de formación. Los trabajadores del proyecto focalizan su apoyo a niños pequeños de menos de séis años. Las posibilidades pedagógicas ayudan a los niños a desarrollar sus destrezas y habilidades motoras, sociales e intelectuales. Escolares y jóvenes reciben ayuda en sus tareas y refuerzo escolar. Un buen certificado escolar les ayudará finalmente a salir del trabajo en las minas. Diariamente reciben todos los niños una comida caliente. Además son examinados y si es necesario reciben atención médica.

Los trabajadores del proyecto organizan además una gran cantidad de eventos culturales y de recreación. Ofrecen a los niños y jóvenes una variedad de actividades alternativas frente al monótono laborar en la mina. En el programa se cuenta con grupos de trabajo y seminarios sobre Derechos del Niño, participación y autoconfianza. Los niños y jóvenes aprenden a defender por sí mismos sus derechos e intereses. De esta forma van estando cada vez más seguros de sí mismos y pueden defender mejor sus puntos de vista y aspiraciones.

Más allá de esto, el proyecto muestra a los padres e hijos posibilidades de mejorar sus fuentes de ingreso, sin tener que trabajar en las minas. Las familias pueden optar a microcréditos, con los cuales pueden abrir pequeños negocios o comprar herramientas para hacer un trabajo artesanal.
El proyecto además ha comenzado a construir una red. En ella participan aquellas organizaciones que trabajan con familias de mineros. Juntos queremos defender las iniciativas, intereses y derechos de los trabajadores mineros, intercambiar informaciones y gestionar apoyo.
La Fundación "Ein Herz für Kinder" (Un Corazón para los Niños) junto a Kindernothilfe ha comprometido su apoyo durante ocho años a este proyecto.

Desde el año 2003 se lleva a cabo el proyecto "Niñez Minera del Cerro Rico" (Proyecto N° 90031) en un pequeño centro diurno cercano a los túneles. Allí los niños reciben una comida caliente y atención médica. Por la tarde muchos van a la escuela. Les cuesta mucho concentrarse después de un duro día de trabajo. Por esta razón durante el fin de semana los niños van a clases de nivelación al centro diurno, como lo hace Miguel. El está muy agradecido de tener esta posibilidad, porque tiene la esperanza de algún día poder salir del trabajo en las minas y poder ganar un salario fuera de los túneles. Al mismo tiempo, los padres de los niños pueden asistir a cursos de capacitación en oficios tales como sastre, mecánico o carpintero. De esta manera también tienen la chance de poder asegurar el ingreso de sus familias, sin que los niños tengan que esclavizarse en las minas.

El proyecto "Wayna Pacha" (Proyecto N° 90040) trabaja desde Agosto de 2006 con alrededor de 150 niños y sus familias en los poblados mineros El Calvario y San Cristóbal. Esta iniciativa también está dirigida a mejorar en forma sostenible la precaria y mortal situación en que viven y trabajan los niños mineros y sus familias. El proyecto está focalizado en el trabajo con las familias.
Los integrantes del equipo de trabajo apoyan a los niños y jóvenes entre 7 y 18 años en sus tareas escolares y les dan refuerzos en el aprendizaje de las materias. Los niños con problemas especiales reciben un acompañamiento individual en pequeños grupos. Para los mayores el proyecto les ofrece cursos de capacitación y asesoría en la elección de un oficio. A través de microcréditos y medidas para lograr ingresos se posibilita que muchos jóvenes puedan comenzar un camino hacia su independencia económica.
Allí, en medio del Cerro Rico, las niñas, niños y jóvenes también pueden ser niños. Juegan fútbol, basket y volleyball, hacen música e improvisan obras de teatro. Tres veces al día hay comidas especialmente sanas, pensando en que muchos niños están desnutridos y por ello expuestos a enfermedades y con problemas de concentración en la escuela.

La "Escuela para padres" tiene un importante propósito: que los padres asuman una mayor responsabilidad por los niños y su futuro. Los trabajdores del proyecto entregan regularmente contenidos respecto a los temas familia y educación en reuniones de padres. Los adultos deben valorar la importancia que tiene la asistencia a la escuela y la educación para sus hijos e hijas. Entre las familias de mineros es muy común encontrar problemas de alcoholismo así como relaciones familiares inestables y marcadas por la violencia. Por esta razón, un tema central del trabajo del proyecto constituye la prevención y aclaración de estos temas. Los niños, jóvenes y mujeres afectados por abusos y violencia intrafamiliar reciben apoyo a través de medidas concretas y acompañamiento profesional. Además las madres y padres pueden aprender a leer y escribir. Para que los niños no sean más esclavizados en las minas, los padres pueden optar a pequeños créditos y realizar pequeños negocios.